"Digger", el regreso de Iñárritu al terreno de "Birdman" con Tom Cruise
"Digger" recupera el territorio que González Iñárritu exploró en "Birdman" (2014): el teatro como escenario, una estrella enfrentada a sus propias dudas, la mirada detrás de las bambalinas y una reflexión sostenida sobre el mundo del arte. Pero donde aquella película podía leerse como una celebración excesiva, esta nueva entrega apunta hacia un lugar más incómodo.
El argumento gira en torno a un personaje interpretado por Cruise que acepta el respaldo de un magnate millonario para producir su obra teatral, con el objetivo de rescatar a su hija de una situación que ese mismo entorno de poder contribuyó a provocar. La contradicción está en el centro de la película: el arte que denuncia al poder solo puede existir gracias al dinero de ese mismo poder.
Esa tensión entre creación y comercio atraviesa toda la narración. La película muestra cómo el financiamiento privado condiciona las decisiones artísticas y cómo el público, al aplaudir en una sala la caída simbólica de un magnate, ejerce una catarsis que no tiene equivalente en la vida real.
A diferencia de "Birdman", "Digger" prescinde del falso plano secuencia pero hereda casi todos los demás recursos de aquella. La diferencia está en la intención: si la anterior dejaba cierto margen para el optimismo, esta cierra con pocas concesiones y señala las contradicciones estructurales de trabajar dentro de una industria que depende de grandes capitales.
Esa apuesta más radical la posiciona mal en el circuito de premios, donde los largometrajes de alcance comercial masivo suelen tener ventaja. La única variable que podría cambiar el cálculo es una actuación de Cruise suficientemente convincente para convertirse en el centro de la campaña.
¿El cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema?
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