Qué hace el cerebro cuando se jubila y cómo protegerlo
Cuando alguien deja de trabajar, su cerebro pierde cuatro cosas simultáneamente: un horario fijo, contacto con otras personas, problemas que resolver y un motivo para levantarse. Según Fernández Miranda, esa pérdida tiene consecuencias medibles. Un estudio realizado en el Reino Unido que siguió a más de 3.400 empleados públicos antes y después de jubilarse encontró que el ritmo de deterioro de la memoria verbal se aceleraba un 38% tras dejar el trabajo.
La clave, explica, no es el trabajo en sí sino la exigencia que traía consigo. Y esa exigencia puede trasladarse a otras actividades.
El cuerpo como base
El primer hábito que señala es el ejercicio de fuerza. Una investigación de Teresa Liu-Ambrose, de la Universidad de British Columbia, siguió durante un año a 155 mujeres de entre 65 y 75 años. Las que entrenaron fuerza una o dos veces por semana mejoraron entre un 11% y un 13% en pruebas de atención; el grupo que hizo ejercicios de equilibrio no registró mejora. El mecanismo: el músculo en actividad libera moléculas que estimulan la producción de BDNF, una proteína que favorece el crecimiento neuronal.
El sueño ocupa el segundo lugar. Séverine Sabia, del University College de Londres, siguió a casi 8.000 personas durante 25 años y encontró que quienes dormían seis horas o menos en la franja de los 50, 60 y 70 años tuvieron un 30% más de riesgo de demencia. Durante el sueño, el líquido que rodea las neuronas arrastra desechos celulares, entre ellos proteínas asociadas al Alzheimer.
La mentalidad importa
Becca Levy, de la Universidad de Yale, midió durante décadas el efecto de la actitud frente al envejecimiento. Las personas con una visión positiva vivieron en promedio siete años y medio más, y en un estudio con 4.765 participantes tuvieron un 44% menos de riesgo de demencia. La explicación es funcional: quien cree que "ya está grande para esto" deja de exigirse, y el cerebro desactiva lo que no usa.
Qué actividades sí entrenan
Caminar de forma regular hace crecer el hipocampo, la zona donde se forman los recuerdos nuevos, según un estudio de Kirk Erickson, de la Universidad de Pittsburgh, que siguió a 120 adultos mayores durante un año. Aprender algo nuevo y difícil también genera diferencia: Denise Park, de la Universidad de Texas en Dallas, comprobó que personas de 60 a 90 años que aprendieron fotografía digital o patchwork durante tres meses mejoraron la memoria, mientras que los grupos con actividades fáciles no lo hicieron.
Bailar combina varios estímulos a la vez: memoria de pasos, coordinación, lectura del otro y seguimiento musical. Joe Verghese, del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, siguió durante cinco años a 469 personas de 75 a 85 años y encontró que quienes bailaban con frecuencia tuvieron un 76% menos de riesgo de demencia.
Los crucigramas tienen respaldo propio: en 2022, un equipo de la Universidad de Columbia comparó 18 meses de crucigramas contra juegos de entrenamiento cerebral en computadora en personas con deterioro cognitivo leve, y los crucigramas resultaron más efectivos.
La conversación, en cambio, supera a todas las actividades anteriores en complejidad cognitiva. Seguir una sobremesa activa requiere atención dividida, memoria de trabajo, lenguaje y lectura emocional en simultáneo.
¿Qué cambio podría introducir alguien en su familia para ayudar a un jubilado a mantener el cerebro activo?
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